Los fragmentos de Pierrot I

28 de marzo de 2006
Nombre: Los fragmentos de Pierrot I
Autor: Lautreamont
Sección: Con mis palabras
Fecha: martes, 28 de marzo de 2006
Comentarios: 5 comentarios

El director de la escuela mandó llamar a Pierrot, uno de los alumnos del centro, a su despacho. Al parecer, este alumno habí­a menospreciado públicamente las enseñanzas de su profesor de historia. Mientras esperaba su llegada, analizaba su expediente académico. Aparentemente era un chico normal. Sus notas podrí­an ser consideradas notables y no habí­a nada en su expediente que pudiera hacer pensar que el chico fuera conflictivo. En ese mismo instante, justo cuando cerraba el expediente, el muchacho asomó por la puerta.

– Me han dicho que viniera a verle, señor director. – Dijo el chico con tono educado.
– Así­ es. Adelante. Sientate, por favor. – Invitó el director.

El chico entró en el despacho, cerró la puerta y tomó asiento frente a la mesa del director. Su apariencia era normal y su mirada despierta.

– Según parece, has armado un buen lí­o en la clase de historia. ¿Qué ha pasado, Pierrot? – Preguntó paternalmente el director.
– Bueno, señor. Todo empezó cuando el profesor me llamó la atención al verme distraido…

– Pierrot. ¿Te importarí­a compartir tus pensamientos con el resto de la clase? – Preguntó irónicamente el maestro.
– No estaba pensando, señor Nózar. Estaba soñando. – Respondió Pierrot.
– Así­ que soñabas. ¿Y podemos saber con qué soñabas? – Preguntó jocoso el maestro.
– Soñaba con Alarí­co y su paseo triunfal por Roma. Trataba de imaginar la sensación que pudo tener al derrotar al mejor de los ejercitos y conquistar la ciudad más poderosa del mundo. – Respondió Pierrot.

Un tanto desconcertado con la respuesta, el profesor se levantó de su asiento y caminó lentamente hacia el chico. Mientras se acercaba a él pensaba en cómo encaminar la conversación. Finalmente, se apoyó sobre una mesa a la espalda del chico y le preguntó:

– ¿Acaso crees que Alarí­co conquistó Roma desatendiendo el sabio consejo de sus maestros? – Inquirió el maestro con aire de suficiencia.
– Bueno, señor. No creo que sus enseñanzas puedan servirme en este caso ya que no pretendo conquistar un imperio, sino algo mucho más importante. – Respondió Pierrot.
– ¿Y qué es eso tan importante que deseas conquistar? – Preguntó claramente ofendido el profesor.

Pierrot se giró, le miró a los ojos y le dijo: El corazón de una mujer, señor.

General
Feed: RSS
Diseño del tema para WordPress por Lautreamont